el acorde- cuento

 

Se dejó llevar, acabó donde no supo que había un lugar, fuera del mapa de la parte conocida de la ciudad. Y como ya estaba borracha de tanta emoción atragantada, decidió beber, y perderse sola entre gente sin nombre y aquellas notas de jazz desconocidas y elegantes.

Anclada en sus zapatos fuera de moda pero eternamente cómodos, anclada en sus maneras doloridas de hace tiempo, se permitió bailar, sola, con la poca luz difusa de aquel antro. Sintiéndose alta sin tacones, y lúcida sin apenas palabras, le dijo algo a un hombre de ojos chispeantes en una cara algo sobria que bailaba. Pero tras una torpe respuesta comprendió que de poco servía hablarle si no hablaba su idioma, así que se conformó con que el destino les hubiese acercado y sus parábolas de baile convergieran, hasta tocarse.

Cuando el acercamiento empezaba a prometer, se fué para aparecer con … ¿una trompeta? Por señas él le hizo entender que era músico. La noche tiene sus propios cuadros surrealistas, pensó ella, mientras le veía acercarse a la orquesta, hablar con el pianista, y pedir silencio.

El silencio se notó como el tapioca espesa una sopa, transparente, coagulando el sabor del aire entre los pocos oyentes que ya quedaban. Y con la expectación de quien se siente musa de las notas de un ser desconocido pero anhelado se quedó muy quieta, escuchando entre las nubes de su embriaguez.

Sonó, suave, el acorde, soplando aún más anhelo, encadenándose luego con más notas de una melodía que parecía vaga, pero amable, suave pero intensa. Trasportándola a otros mundos, a otro no-tiempo, con un querer que acaba de conocer pero al que ya quería a su manera, en la necedad espontánea de la noche, de un momento presente que se alargaba, desatando nudos, caldeándola por dentro.

Poco importó lo que pasó luego, que la amase, que durasen como pareja días o años, eso ya no lo contaré aquí, pero sí que siempre se llevaría con ella aquella noche, él y su acorde, ese que le resonó tanto por dentro, vibrando luz, limpiando otros desamores que la habían hecho perder la fe en los encuentros milagrosos.

 

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