marzo de baile y agua

A veces la vida te lo pone a huevo, viene a decirte; o lo haces, o lo haces. Si acostumbras a seguir las pistas simbólicas del día a día, de ciertas épocas en que estás más sintonizada, lo que se te presenta como claro no tiene elección. Es o sí o sí.

Estas navidades las sincronicidades se dieron para que me interesase seriamente, me llegaran los medios sin esperarlos, y me hicieran una corroboración fiable de que debía hacer cierto curso de desarrollo personal.

En los bordes de mis retinas, centelleando de ilusión,

estrellitas felices de que fuese a ir, de que hubiese aceptado el reto.

Un poco sorprendida de esa no-elección ya tomada, me dejo llevar, rellené un cuestionario extensísimo sobre el tema del módulo – la infancia- y al terminar me sorprendí de todo lo que sé intelectualmente sobre mis orígenes y de la maraña de emociones que me embargan al tocar ciertas teclas del asunto. Como un problema de matemáticas, supe meter poco a poco cada cosa en su cuadrícula, pero, ay, las emociones, viscerales e irracionales, eso es otra cosa.

Pues sí, pensé, necesito hacer el curso para resolver, discernir y limpiarme de ciertas cosas de mi pasado. La entrevista personal me lo cercioró: “Hay que pasarlo por el cuerpo” me dijeron. “Te vendrá bien”.

Durante una época, cuando me atreví a abrir el caudal creativo por primera vez en serio,

sólo manaban arañas, negro sobre negro y telas enredadas. Mi lado oscuro al que no me atrevía a hacer caso.

Y allí nos plantamos un grupo muy variopinto de personas dispuestas a dejarse llevar y a destapar cosas olvidadas. Cada cual son su idea predeterminada de sí mismo/a, de lo que buscaba allí; cada cual son sus propios prejuicios y corazas.

Y llegó el agua.

Agua de las emociones, agua del pasado, agua ajena bebida como propia, agua propia compartida con los demás.

Agua sucia, agua clara. Agua en llantos y lágrimas, en sudores, en catarsis, en gritos, en barro.

Agua en agua. Mucha agua.

Volví con barro en las uñas de los pies, el corazón calentito de amor hacia almas hermanas descubiertas en tres días de no-tiempo, el alma en movimiento hacia ser más auténtica, y la atención puesta en el perdón.

Y en soltar la pegajosa y tramposa culpa negra.

Marzo… no le bailé el agua a nadie, pese a que la expresión se pueda parecer… sino que bailé – o más bien bailamos en el grupo- al agua. Y el agua, o las energías, a su vez nos devolvieron la sonrisa. Tengo que añadir que en estos momentos me aflora gratitud enorme hacia la vida por esta oportunidad.

Curioso que en febrero me saliese un mes relacionado con el ballet, y este mes la imagen encontrada haya sido la del flamenco. Opuestos, en muchos sentidos, y si tuviese que declinarme por uno, el más sano para mí, probablemente sacrificaría la intelectualidad perfeccionista del ballet por la raíz embriagadora y visceral del flamenco.

Cuestión de gustos, supongo. Bueno, y en mi caso, de compensación a haber sido tantos años la niña buena.

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