velas en atocha

Ya hace tiempo, doce años. Una docena, un número redondo, natural, y a la vez, para ciertas cosas, sí y no. Natural es olvidar, seguir viviendo, y a la vez natural es recordar, porque rompió el tiempo.

Son recuerdos, de la facultad, de las amistades, de la vida por delante prometiendo un mundo por estrenar. De la ilusión del cambio. Yo tenía 19 años, y cogía el tren de cercanías en Atocha, ese mismo tren proveniente de Alcalá de Henares, a las ocho y media todos los días. Aquel día, jueves, había huelga de profesores, una de tantas, las clases suspensas, me quedé durmiendo. Se pueden empezar a hacer cálculos de fracciones infinitesimales de probabilidades de que me hubiese pillado, y no, aquello fue antes sobre las siete y media, no hubiese cuadrado para los números, pero sí cuadró para el corazón. Fue demasiado cerca, demasiado.

Se mezclaron dos cosas al despertarme, el sonido de las sirenas de las ambulancias, todo el rato, sin parar ni un segundo, y mi madre cogiéndome la pierna, con una angustia existencial y murmurando “no, está en su cama, está en su cama, no ha ido, está en su cama…”.

Hay un punto en el que parece que los números dicen mucho, pero no es verdad. Mienten como cosacos, porque nublan la vista interna. Son los detalles los que agarran una realidad demasiado traumática como para darle la importancia que tiene, lo desgarrador de tantas vidas que dejaron de vivirse. Y quizá lo más duro, la memoria de los que se quedan, cruzando tangentes espaciales, temporales, emocionales con todo aquello.

Empezaron siendo unas cuantas velas, en rincones no muy transitados. Algunos cartelitos pequeños, cercanos, dolorosísimos de leer. Pero no se pudo evitar que las aglomeraciones empezasen a crecer, velitas rojas reunidas llorando dolor. Los periódicos gratuitos contaban, una a una, visiones generales de las vidas de las personas muertas, era muy duro. Eran demasiado normales, y se hablaba de familias, ilusiones, proyectos, ganas de tirar para adelante. A casi nadie de esas fotos se le retrató con corbata, lo importante no era lo laboral, eso quedaba claro. Y las velitas rojas seguían multiplicándose, expandiéndose por zonas de mucho tránsito – en realidad todo era de mucho tránsito-, pero se respetaba su territorio, era suyo.

A la semana siguiente del suceso pasaron dos cosas impactantes; la gente lloraba espontáneamente en los andenes, y se ralentizó muchísimo el caminar de los viajeros. Se entró en un limbo de no-tiempo enormemente doloroso, no parecía lo que era, la Atocha de siempre. Duró dos o tres días, ese ralentí espontáneo, pero era aterrador.

A la semana, y pese a la enorme cúpula que tiene en la zona de más tránsito, todo la estación olía a cera. Las velitas siempre estaban encendidas, y se habían ido reponiendo, más o menos homogéneamente por personas anónimas que sí que seguían yendo a sus trabajos en los trenes.

Cómo un sitio tan grande y tan transitado puede recoger un olor concreto sin que se deshaga, no lo sé, pero olía a cera… Y con ella se respiraba la fragilidad de la vida, porque somos mortales pero se nos olvida.

Ya no me acuerdo cuánto tardaron en clamar al sentido común de lo peligroso del asunto, quizá diez días, quizá más, ya no me acuerdo. Es muy difícil parar algo así sin herir la sensibilidad de los que están en duelo. Pero lo pararon, y retiraron las velas, y los carteles también. Los suelos volvieron a estar libres para el tránsito veloz de la estación, sin restos de cera, pero creo que no fui la única en sentir que aquella desnudez casi dolía más, que seguir como si nada hubiese pasado con todo igual que antes era de hipócritas sin corazón.

Madrid siguió siendo habitado. Los acontecimientos políticos, esa sensación de “nos están mintiendo” mientras el duelo comprimía el pecho, las elecciones, el vuelco, pasaron por encima. No sé si para bien o para mal, el tránsito se atragantó y tragó más deprisa con tanto cambio y política de primera línea. Se dijo que hasta tal día se contabilizaban los muertos oficiales, pero hubo unos cuántos más de los heridos graves, la cosa es que no pasaran de doscientos. Es obvio, los números nos los dan pero trabajados para evitar sentir. No sentir también me parece aterrador, todo sea dicho.

Se quitó en una esquina donde había un Caja Madrid (siempre lleno por cierto), y se hizo una especie de torre de ladrillos transparentes en conmemoración, pero eso tardó varios años en hacerse. Más inmediato fue lo de los cipreses y olivos, uno por cada muerto o desaparecido, primero en la fuente de la rotonda de Carlos V, y mucho más tarde en un hueco que les hicieron en el retiro. Casi se secan en el tiempo que estuvieron en la fuente, por cierto. No sé por qué, pero eso de cuidar la memoria en forma de árboles al ayuntamiento de entonces no se le dió demasiado bien. También enturbió, algunos meses después, junto con la lluvia, la boda de los príncipes de Asturias, que pasaban por ahí rodeándola, en su flamante Rolls Royce blanco.

Todo era un poco vergonzoso a nivel político. Demasiada envergadura de tragedia como para estar a la altura del dolor de los que seguíamos yendo todos los días a la estación, ya sin velas, pero con un hueco, una brecha en el tiempo, de dolor, de silencio.

Doce años ya, nueve de los cuales, porque cambié de rumbo, ya no los viví allí. Doce años, otro sitio, otra vida, dos hijos pequeños. Pero todavía me toca este aniversario de cerca, porque el corazón traslada los recuerdos sin importarle los números, el tiempo. Aunque se difuminen, si uno quiere, aún me acuerdo del olor a cera en la estación y brota solo el enorme dolor, con alguna lágrima.

 

brecha en el tiempo

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