sanar y constelar sistemas

¿Cómo se sale de lo que nos tiene atado desde un sistema familiar? ¿cómo no preguntamos más sobre los decretos que siendo niños o hace unas generaciones incluso, nos dictan nuestros pasos?

No es fácil pero tampoco imposible. Lo primero es tener una visión de pertenencia, lo segundo es respetar ese sistema al que pertenecemos conociendo sus leyes operantes y lo tercero es pedir permiso para vivir la vida que nos llegó pero enfocándola hacia la felicidad, pese a tanto vínculo. Eso dicho mal y pronto, pero por ahí va la cosa.

Si somos seres venidos a evolucionar, a agarrar luz entre la materia que ocupamos en nuestro plano, primero debemos saber qué nos ata y qué nos ayuda a avanzar. Hay que preguntar, mirar, saber y soltarse o apoyarse, según el caso. Pero primero hay que preguntar y estar dispuesto a recibir respuestas nuevas, a veces estrambóticas. Porque la vida es pura magia y algo muy pequeño puede haber cambiado todo lo de después, lo de antes y el sabor de tu boca al hablar.

Llevo dos años estudiando constelaciones familiares y siguen sorprendiéndome. Es una herramienta que mezcla el inconsciente familiar (o campo mórfico del sistema), con la representación en un grupo de personas y con frases y palabras sanadoras que hacen entender y desatan nudos. Pronto, las podré facilitar.

El FIP y la poesía actual

En prosa os cuento, esta semana asistí al XIV Festival Internacional de Poesía de Granada en la facultad de magisterio. Sólo dos mañanas a varios talleres charlas porque mi tiempo libre no me da para más. Y experimenté un hecho curioso, del que ya he leído, pero que viví en primera persona.

A ver, para el que no lo sepa, coexisten en este género dos corrientes diferenciadas: la generación joven activa en las redes sociales (millenials, de los 90 y tantos en adelante) y otra, que aunque a veces se superpone, es la oficial, académica, de los certámenes. Hubo representaciones de ambas en las lecturas de poemas, con la clara diferencia de cantidad de público, para la primera el salón de actos se llenó, y es que es una literatura posterior a ser gente ídolo de masas en las redes, y en la segunda no.

Poesía es todo y a la vez no es nada. El silencio es poesía, un gesto puede ser poesía, no creo que llegue a conocer la profundidad del término en esta vida. Lo que ocurre es que esa poesía actual popular, si algo me llamó la atención, es que siendo muy accesible para todos se me quedaba un poco superficial. Mucho tema del amor, que claro, tiene tirón porque todos lo buscamos sentir, pero me sabía a tratamiento con su punto, serio punto, adolescente.

No quiero decir que todos sean así (carezco de datos y de lecturas) y alguno se escapó de ello, pero aunque te puede emocionar había mucha sensación de prosa entre los versos y poca magia de hermosas metáforas, de lo simbólico que tanto aporta lo poético. La secuencia “primero redes, después libro de poemas” (muy lucrativo para las editoriales, por cierto, que ya van sobre seguro) no sé si me convence como honesta.

Los otros recitales de poesía convencional eran mucho más herméticos en su significado, no todos me gustaron, pero había más amplitud en el abanico de emociones, situaciones que se tocaban, y exigen más del oyente/lector. No son comida rápida, ni necesariamente hermosos, pero son más reales en cuanto a su complejidad multifacética, como lo poliédrico que tiene la vida. Y os puedo decir que no se lava su sabor con los días (que sí que me ha pasado con los leídos de la poesía actual), porque tienen su componente sorpresa, o ángulo de perspectiva particular, como dijo un ponente, y algo se te queda prendado al sentir.

Por mi experiencia de persona que escribe poemas (aún me cuesta auto declararme poeta, aunque suene extraño, quizá dentro de veinte años pueda hacerlo sin sonrojarme), lo que más me alegra de una pieza es que no alcanzo a ver y comprender el fondo de lo escrito. Normalmente tardo días en entender el núcleo, a veces no identifico siquiera de dónde ha salido, porque realmente es un misterio muy sentido el proceso de escribirlo. Me alegra saber que hay muchas capas, muchas formas de abrazar sus metáforas y que por sí solo está actuando en el lector, como si fuese un sueño que primero se canalizó por mis manos. Igual que me encuentra el misterio en lo que dibujo, en los versos también, y es precisamente eso lo que busco y a lo que estoy dispuesta a entregarme. A la búsqueda desesperada de números en cambio, no, aunque la presencia en las redes importa, por supuesto.

Me falta misterio. Hoy en día me falta misterio y profundidad en las creaciones, y creo que se usa el término “poesía” demasiado a la ligera. Pero supongo que ese es el precio de la vida moderna.

~

Dejo fuera de ambos tipos a los cantautores que editan libros de poemas, porque serían de una categoría aparte. Por lo menos el ritmo y un sabor a profundidad melódica/musical, por los dos o tres libros que he leído, siempre tienen.

Guardar

estar EEn MAAL

Trabajar con los pequeños monstruos,
resurgir mientras se limpian
las cenizas del corazón de otros.

Estar en mal, EEN MAAL,
donde se mezclan sapos con culebras,
serpientes sabias (buenas)
con personas escamadas (malas)
topándose de frente con el dolor de un trauma
escondido bajo las capas
de quien ansiando el poder del ego
no tuvo escrúpulos,
aunque tampoco alas.

Ordenar, soltar nudos, deshacer trampas.
Hablar desde el cariño
a quien hace tiempo
no acarician
ni con voz siquiera
en sus inseguras muecas.

Arrastrar arena del desierto.
Comer con dientes prietos
las amarguras de otras almas.
Llevar los bolsillos llenos
de interjecciones atragantadas.

Amar a esos débiles,
falsos amos de algún terreno,
que sirven de escudo
para las mentes ruines
de los que no dan tregua.

Desear un mundo nuevo
con oportunidades limpias,
orgánicas
para ellos,
y quizá otro, diferente,
calmo y sincero
para los que limpiamos
en silencio, o con voces dulces,
los despojos de este Universo.

~ · ~

[ Collage sobre cartulina roja hecho con una revista holandesa y otra de cocina. ]

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brutalismo

Un encargo de un arquitecto enamorado del “Brutalismo soviético“.
Un experimento, un aprendizaje.
Un zambullirse en aspectos de dibujo técnico, historia contemporánea (sobre todo en la soviética), composición de tres elementos.
Tres: un edificio y dos esculturas – la central doble. Y claro, llevarlo a mi terreno actual, el collage de papel de fibras.
¿Y qué fue ese movimiento? Mucho hormigón: escalas impactantes, el resurgir de la nada a nivel político, la demostración de poder y la vez, algo orgánico, sutil en algunas esculturas redondeadas. El futuro traído al presente con materiales abundantes, la imposición de una idea insertada en la naturaleza.

La mente, las alas y el corazón, así lo ví yo.
Al realizarlo me emocioné porque conecté con algo profundamente humano. Y lloré.


Le estoy muy agradecida a C. (hermosa persona conocida a través de Twitter) que me encargó el proyecto.


Aprovecho para decir que gran parte de los dibujos que hay aquí se pueden adquirir y enviar, e incluso, si se tiene algo claro para que yo realice dentro de mi estilo, se puede hacer un encargo. Sólo hay que ponerse en contacto conmigo a través del correo electrónico raicesysombras @ gmail.com (eliminando los espacios antes y después de la arroba).

Y también aprovecho para dar las gracias a los que me leéis o miráis pintar mientras eclosiono en algún plano fino donde ya soy una artista consagrada, cosa que sigo anhelando y trabajando en el plano más normal.

Una entrada llena de gratitud resulta ser esta. Y está bien.

abril

Guardar

Abril
huele a primavera
y a veces también      a expectativas que duelen por dentro.

Muchas veces somos flores
demasiado ingenuas
que creen en los cambios
que vuelca la naturaleza.

Muchas veces,
cada vez
que abril llama
con su dulce nombre
a un ocaso de cristales rotos.

(Quizá si lo digo en alto
no me corte de nuevo)

el exilio

exilio-2

El exilio.
Un pueblo se mueve.
Se derogan leyes naturales. Se mueve a trocitos la raíz del corazón.
Prometen, prometen, prometen.
No hay nada claro entre tanta luz.

Escancia luz el sol a una luna en simiente.
Se desplazan pies, manos y algunos enseres, pocos, muy pocos.
Se deshacen entre la arena los sueños a un lugar arraigados.
Se arrastran el tiempo de mil relojes que horadan la piel.

No hay lágrimas entre tanta sal.
No hay bocanadas claras entre tanto aire nuevo.

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two sides and no love

(Dos mitades, un espejo, ningún entendimiento)

two-sides-and-no-love

Two sides of the same mirror
reaching one for the other
mimic of good manners
but with no redemption of love nearby.

feeling

feeling

A veces se siente mucho
a veces no se entiende nada
a veces la intuición corre rauda y veloz,
adelantando acontecimientos.

Es entonces, cuando,
de ojos grandes parpadeando,
se abren mundos de posibilidades
se gritan llamadas de socorro
se emana la desesperanza del abandono.

Y siendo la nada que soy,
sintiendo tanto
entendiendo tan poco
lloro
futuros que aún no se han materializado
(no seguros, sí exactos)
pero que salvarían corazones
del mundo nuevo.

velas en atocha

Ya hace tiempo, doce años. Una docena, un número redondo, natural, y a la vez, para ciertas cosas, sí y no. Natural es olvidar, seguir viviendo, y a la vez natural es recordar, porque rompió el tiempo.

Son recuerdos, de la facultad, de las amistades, de la vida por delante prometiendo un mundo por estrenar. De la ilusión del cambio. Yo tenía 19 años, y cogía el tren de cercanías en Atocha, ese mismo tren proveniente de Alcalá de Henares, a las ocho y media todos los días. Aquel día, jueves, había huelga de profesores, una de tantas, las clases suspensas, me quedé durmiendo. Se pueden empezar a hacer cálculos de fracciones infinitesimales de probabilidades de que me hubiese pillado, y no, aquello fue antes sobre las siete y media, no hubiese cuadrado para los números, pero sí cuadró para el corazón. Fue demasiado cerca, demasiado.

Se mezclaron dos cosas al despertarme, el sonido de las sirenas de las ambulancias, todo el rato, sin parar ni un segundo, y mi madre cogiéndome la pierna, con una angustia existencial y murmurando “no, está en su cama, está en su cama, no ha ido, está en su cama…”.

Hay un punto en el que parece que los números dicen mucho, pero no es verdad. Mienten como cosacos, porque nublan la vista interna. Son los detalles los que agarran una realidad demasiado traumática como para darle la importancia que tiene, lo desgarrador de tantas vidas que dejaron de vivirse. Y quizá lo más duro, la memoria de los que se quedan, cruzando tangentes espaciales, temporales, emocionales con todo aquello.

Empezaron siendo unas cuantas velas, en rincones no muy transitados. Algunos cartelitos pequeños, cercanos, dolorosísimos de leer. Pero no se pudo evitar que las aglomeraciones empezasen a crecer, velitas rojas reunidas llorando dolor. Los periódicos gratuitos contaban, una a una, visiones generales de las vidas de las personas muertas, era muy duro. Eran demasiado normales, y se hablaba de familias, ilusiones, proyectos, ganas de tirar para adelante. A casi nadie de esas fotos se le retrató con corbata, lo importante no era lo laboral, eso quedaba claro. Y las velitas rojas seguían multiplicándose, expandiéndose por zonas de mucho tránsito – en realidad todo era de mucho tránsito-, pero se respetaba su territorio, era suyo.

A la semana siguiente del suceso pasaron dos cosas impactantes; la gente lloraba espontáneamente en los andenes, y se ralentizó muchísimo el caminar de los viajeros. Se entró en un limbo de no-tiempo enormemente doloroso, no parecía lo que era, la Atocha de siempre. Duró dos o tres días, ese ralentí espontáneo, pero era aterrador.

A la semana, y pese a la enorme cúpula que tiene en la zona de más tránsito, todo la estación olía a cera. Las velitas siempre estaban encendidas, y se habían ido reponiendo, más o menos homogéneamente por personas anónimas que sí que seguían yendo a sus trabajos en los trenes.

Cómo un sitio tan grande y tan transitado puede recoger un olor concreto sin que se deshaga, no lo sé, pero olía a cera… Y con ella se respiraba la fragilidad de la vida, porque somos mortales pero se nos olvida.

Ya no me acuerdo cuánto tardaron en clamar al sentido común de lo peligroso del asunto, quizá diez días, quizá más, ya no me acuerdo. Es muy difícil parar algo así sin herir la sensibilidad de los que están en duelo. Pero lo pararon, y retiraron las velas, y los carteles también. Los suelos volvieron a estar libres para el tránsito veloz de la estación, sin restos de cera, pero creo que no fui la única en sentir que aquella desnudez casi dolía más, que seguir como si nada hubiese pasado con todo igual que antes era de hipócritas sin corazón.

Madrid siguió siendo habitado. Los acontecimientos políticos, esa sensación de “nos están mintiendo” mientras el duelo comprimía el pecho, las elecciones, el vuelco, pasaron por encima. No sé si para bien o para mal, el tránsito se atragantó y tragó más deprisa con tanto cambio y política de primera línea. Se dijo que hasta tal día se contabilizaban los muertos oficiales, pero hubo unos cuántos más de los heridos graves, la cosa es que no pasaran de doscientos. Es obvio, los números nos los dan pero trabajados para evitar sentir. No sentir también me parece aterrador, todo sea dicho.

Se quitó en una esquina donde había un Caja Madrid (siempre lleno por cierto), y se hizo una especie de torre de ladrillos transparentes en conmemoración, pero eso tardó varios años en hacerse. Más inmediato fue lo de los cipreses y olivos, uno por cada muerto o desaparecido, primero en la fuente de la rotonda de Carlos V, y mucho más tarde en un hueco que les hicieron en el retiro. Casi se secan en el tiempo que estuvieron en la fuente, por cierto. No sé por qué, pero eso de cuidar la memoria en forma de árboles al ayuntamiento de entonces no se le dió demasiado bien. También enturbió, algunos meses después, junto con la lluvia, la boda de los príncipes de Asturias, que pasaban por ahí rodeándola, en su flamante Rolls Royce blanco.

Todo era un poco vergonzoso a nivel político. Demasiada envergadura de tragedia como para estar a la altura del dolor de los que seguíamos yendo todos los días a la estación, ya sin velas, pero con un hueco, una brecha en el tiempo, de dolor, de silencio.

Doce años ya, nueve de los cuales, porque cambié de rumbo, ya no los viví allí. Doce años, otro sitio, otra vida, dos hijos pequeños. Pero todavía me toca este aniversario de cerca, porque el corazón traslada los recuerdos sin importarle los números, el tiempo. Aunque se difuminen, si uno quiere, aún me acuerdo del olor a cera en la estación y brota solo el enorme dolor, con alguna lágrima.

 

brecha en el tiempo